28 August 2012

Helen Gurley Brown, this is your fault

Mi historia con las revistas empieza a los 13 años cuando, como cualquier adolescente común y corriente, empecé a leer la revista “Tú”. Fue una coincidencia cósmica porque era la edad en la que me gustaban los Backstreet Boys y apenas estaba empezando a interesarme en el maquillaje. La revista “Tú” publicaba artículos sobre las boy-bands, de belleza y una sección de historias vergonzosas de las lectoras, lo que significó para mí el inicio de una adicción.

Unos años más tarde, con la misma excusa de leer las historias vergonzosas, pasé de “Tú” a “Cosmopolitan”. Me iba a tomar café al ahora extinto Metromedia de San Carlos mientras leía “Vogue”, “Elle”, “Glamour” y la ocasional “Marie Claire”, las cuales nunca compraba porque eran muy caras, pero cuando me sobraban unos pesos me premiaba con una “Cosmo” edición latinoamericana. En Europa retomé esa mala costumbre, al principio argumentando que el lenguaje coloquial empleado en la revista me enseñaría las fórmulas del francés oral. O que me distraían mientras viajaba. Desde luego, la compraba por ver la ropa y leer las historias, no sólo por las vergonzosas, que aparecen y que se repiten, lo reconozco, cada mes. Entre ellas todas esas babosadas sobre las relaciones, el lenguaje corporal, los mensajes escondidos

Por supuesto, como toda buena adicción, fue escalando hasta llegar a niveles insospechados. De repente una Cosmo no era suficiente. Empecé a leer a Helen Fisher, una antropóloga ciertamente, pero mundialmente reconocida por ser especialista en el mundo del amor, en la historia y en la actualidad. De Helen Fisher pasé al zoquetongo de David Givens y sus fatídicas señales en el cortejo entre humanos. Desarrollé una manía por leer mensajes en las posturas, por buscar pupilas dilatadas. Llegué al punto en que no puedo tener una cartera del lado del novio de turno porque eso lo malinterpretan como una barrera y como una premonición de ruptura las personas que analizan las fotos de las parejas de celebridades en las revistas.

Pues hace poco murió Helen Gurley Brown, creadora de la revista Cosmopolitan y autora del libro “Sex and the single girl”, publicado en 1962. Me puse a pensar en cuál sería el verdadero legado de esta mujer. ¿Que hayan 64 ediciones de Cosmopolitan a través del mundo? ¿Que en Kazakstán se pueda hablar de sexo, aunque siempre dentro del marco del matrimonio? ¿Que yo sea completamente incapaz de tener una conversación sin estar leyendo señales de interés, o peor, de falta de interés? Porque he remplazado las conversaciones francas pero dolorosas por desgastantes especulaciones de las miradas evasivas, los brazos cruzados y de no recibir llamadas a primera hora del día. Tal vez en el fondo no quiera saber la verdad, por eso sencillamente no pregunto lo que quiero saber. Tal vez me quiero engañar por un ratito más antes de volver a esa triste cacería que es el estar solo. Tal vez debería leer “He’s just not that into you” y aprender de una vez por todas que los hombres que quieren algo no dan tantas vueltas.

Voy a dejar de leer todas esas estupideces.


My history with magazines starts at age 13 when, like any normal teenager, I started reading “Tú” (translated to “You”) magazine. It was a cosmic coincidence because it was the time when I liked Backstreet Boys and I was starting to get interested in make-up. “Tú” magazine published articles about boy-bands, about beauty and had a section devoted to embarrassing stories from its readers, which was the beginning of an addiction for me.

Years later, with the same excuse that I enjoyed the embarrassing stories, I went from “Tú” to “Cosmopolitan”. I went to the now extinct Metromedia in San Carlos to get some coffee while I read “Vogue”, “Elle”, “Glamour” and the occasional “Marie Claire”, which I never bought because they were too expensive, but when I had a few bucks left I rewarded myself with an Latin-American version of “Cosmo”. In Europe I resumed that bad habit. At first I tried to convince myself that I would learn familiar French thanks to the colloquial language in the magazine. Or saying that the magazine was a good distraction while traveling. Of course, I bought it for the clothes and the stories, not just the embarrassing ones, which appear and then are repeated, I’m aware of it, each month. Amongst them all that crap about relationships, body language and hidden messages.

Of course, like any good addiction, it escalated until it reached unbearable levels. All of a sudden, a Cosmo wasn’t enough. I started reading Helen Fisher, an anthropologist sure, but world-renowned for being a specialist in all things concerning love, throughout history and nowadays. From Helen Fisher I went to the idiot David Givens and his doomed signs in the mating ritual between humans. I became a maniac in reading messages in postures, looking for dilated pupils. I reached the point where I cannot have my purse on the side of my boyfriend of the moment because that is read as an obstruction and as a break-up premonition by the people who analyze celebrity couples’ pictures in magazines.

Well, Helen Gurley Brown, creator of Cosmopolitan magazine and author of the book “Sex and the single girl” published in 1962, just died. I got to thinking which could be considered this woman’s true legacy. The fact that there are 64 editions of Cosmopolitan all over the world? The fact that in Kazakhstan now you can talk about sex, although through the confines of marriage? The fact that I’m completely unable to have a conversation without reading signs of interest, or worse, of lack thereof? Because I have replaced frank but painful talks for weary speculations of deviating stares, crossed arms and not getting phone calls first thing in the morning. Maybe deep down I don’t want to know the truth; that is why I don’t just ask what I really want to know. Maybe I want to fool myself for just a little while before getting to that sad hunting ground that is loneliness. Maybe I should read “He’s just not that into you” and learn at last that men that want something don’t fool around.

I’m going to stop reading that bullshit.

25 August 2012

Honduras es un país extranjero

La pregunta que más he escuchado en esta semana es cómo he encontrado Honduras, si mejor o peor. La mejor respuesta que se me ocurre dar es “diferente”, pero no estoy muy segura de quién ha cambiado, si el país o yo. He decidido enfrentar la depresión post-Primer-Mundo con mi técnica infalible para superar los grandes eventos de la vida: alterando mi pelo, en este caso alisándolo, y manteniéndome ocupada. Desde el lunes empecé a ir a clases de baile con mi madre y estoy a la espera de matricularme en un diplomado de pedagogía y en un curso de 3DS Max. He pasado una semana haciendo visitas y mandados y por suerte el cambio de horario hace que me duerma antes de las 10 de la noche, por lo que los días son más cortos y productivos.
He visto muchas personas que están radicalmente transformadas con respecto a hace dos años, otras que se han mantenido igual y ver esos dos polos me ha confirmado que cada quién es resultado de sus propias decisiones más que de vicisitudes del destino.
Ya lo he dicho antes, todo es nuevo y extrañamente conocido, como si mi regreso fuera una tabula rasa que borró lo anterior y me da la oportunidad de empezar de nuevo, a veces con las cosas más pequeñas. Ayer que mi madre tenía que ir al mercado después del gimnasio y terminé acompañándola, algo que ni se me hubiera cruzado por la cabeza antes. La experiencia no sólo no fue desagradable sino que hasta casi puedo decir que la disfruté, comiendo fruta y tomando leche de coco mientras mi mamá hacía las compras. Todavía tenía en mi cabeza las imágenes del mercado cuando yo estaba chiquita y mis papás nos obligaban a mi hermano y a mí a ir con ellos: un lugar lodoso, desordenado, con frutas y verduras regadas en el piso, hombres acosándote y un detestable animador diciendo tonteras por un altavoz. En lugar de eso el lugar estaba pavimentado, con cada vendedor en un puesto asignado, nadie me molestó y por suerte el animador no trabaja los viernes. Me encantaría tomar fotos porque los mercados son de esos lugares que se deben de conocer cuando se visita una ciudad, pero mi exilio no me ha hecho olvidar que las cámaras fotográficas no se deben exhibir en cualquier parte. En todo caso estaba fascinada porque lo puedo comparar a otros mercados que conocí y este no queda tan mal parado después de todo.
Volver a conducir en la ciudad ha sido una hazaña porque hay que volverse a acostumbrar a la falta de reglas o, mejor dicho, al hecho que nadie las cumple. Sin embargo, esta no es una característica exclusiva de nuestro país y estaría mintiendo si dijera que en todos lados la gente conduce tranquila y ordenadamente. Había olvidado la impresión que causa ver a tanta gente pobre pidiendo, lavando vidrios o vendiendo cosas en la calle, pero me doy cuenta que los pobres aquí no sólo se sientan en la calle con sus tres perros gigantes y con rótulos que dicen “tengo hambre”, a simplemente esperar que alguien les regale dinero. O peor, como ese tipo que vi en la calle Sainte-Catherine justo antes de regresar que tenía un cartel en el que pedía dinero para drogas, alcohol y mujeres de buena vida, creyendo que su honestidad lo hacía merecedor de compasión.
Me siento extraña, pero así era antes de irme, así fue mientras estuve en Francia y tal vez ha de pasar mucho tiempo antes de que pueda encontrar un lugar donde pueda decir que estoy totalmente a gusto, así que no es lo externo lo que puede dictar mi tranquilidad. Las olas de tristeza que a veces se presentan son por otras cosas, pero no por Honduras. Aprovecharé por mientras a disfrutar de este lugar como el lugar exótico que me parece por ahora y a reírme de los constantes déjà-vus y cosas conocidas y olvidadas que se presentan todos los días.

The question I’ve been asked the most this past week has been is if I think that Honduras has changed, in a better or worse way. The best answer I can give is that I find it “different”, although I’m not sure which one of us has changed the most, the country or I. I’ve decided to confront the post-First-World depression with my foolproof technique to face great events in life: altering my hair, in this case straightening it up, and also keeping myself busy. On Monday I started going to dance lessons with my mother and I’m waiting to start Teaching and 3DS Max lessons. I’ve spent a whole week visiting people and doing some chores and luckily the jet lag makes me go to bed before 10 at night, so days are shorter and more productive.
I’ve seen so many people who are radically different from what I saw them two years ago; others that remain the same and seeing those two extremes has confirmed that everyone is the result of their own decisions more than they are victims of fate.
I’ve said it before, everything is new and yet strangely familiar, as if coming back has proved to be a tabula rasa that erased the past and gives me the opportunity to start again, sometimes with the tiniest things. Yesterday, my mother needed to go to the market after the gym and I ended up going with her, something I would have never done before. The experience was not unpleasant and I can almost say I enjoyed it, eating fruit and drinking coconut milk while my mother shopped. I still had in mind images of the market when I was very little and my parents forced my brother and me to go with them: a muddy and messy place, with fruits and vegetables scattered all over, men harassing me and an annoying host saying stupid things through a loudspeaker. Instead, the place was paved, each seller was in their assigned spot, no one bothered me and luckily the host doesn’t work on Fridays. I would love to take pictures because markets are those places you have to get to know when you’re visiting a city, but my years in exile have not made me forget that here you shouldn’t parade cameras anywhere. In any case I was fascinated because I can now compare it to other markets I’ve seen and this one is not so bad after all.
Driving in this town has been somewhat of a challenge because you have to get used to the lack of rules or, in other words, to no one abiding to them. However, this is not an exclusive trait of our country and I would be lying if I said that everywhere else people drive calmly and respectfully. I had forgotten the impression caused by seeing so much poor people begging, washing car windows or selling things in the streets, but I realize that poor people here don’t just sit on the street with their three big dogs and signs with “I’m hungry” written on them, just waiting for someone to give them money. Or worse, like that guy I saw in Sainte-Catherine Street just before I came back, who had a sign in which he asked for money for drugs, alcohol and loose women, as if he thought honesty would make him deserve some sort of compassion.
I feel strange, but it was like that before I left, it was like that when I was in France and a lot of time may pass before I find somewhere I can feel entirely comfortable, so external things cannot determine my well-being. The waves of sadness that sometimes show up are for other things, not because of Honduras. So I’ll enjoy this place like the exotic country it seems for now and I’ll laugh at the recurrent déjà-vus and known things already forgotten that appear every day.

18 August 2012

Hogar dulce hogar

Dicen que no se puede regresar a casa y sin embargo heme aquí de nuevo. El viaje de regreso fue triste, largo y muy cargado. Al final pude viajar con dos maletas únicamente, una más de la que permitía la aerolínea, por lo que aproveché para llenarla hasta el máximo sobrepeso permitido. En venganza, en cuanto enviaron la maleta por la rampa en dirección al avión, los zippers se soltaron, desparramando todas las cosas. Por suerte me avisaron, pude medio acomodar todo de nuevo y mandé a sellar la maleta con las cintas de plástico que ofrecen en los aeropuertos. El aeropuerto de Madrid me pareció tan enorme y confuso como siempre y confirmó que tengo tendencia a perderme con más frecuencia en los lugares en los que se habla español con respecto adonde se hablan otras lenguas. En el vuelo transatlántico me senté junto a un señor alemán que iba en dirección a Guatemala por un mes, a hacer entrevistas para su doctorado. Soy muy mala para entablar conversaciones con extraños en este tipo de situaciones pero esta vez me sentí aliviada de poder distraerme de las malas películas, la pésima comida y de no poder dormir. En Guatemala esperamos por mucho tiempo mientras limpiaban el avión y la torre de control nos autorizaba a despegar. En El Salvador sólo tuve tiempo de correr en dirección a mi puerta de embarque, vestida con un grueso suéter y uno de los dos abrigos que no quise sacrificar por mi partida. No sólo parecía loca sino que también me estaba asfixiando. Llegué a Tegucigalpa donde me recibió la lluvia, gracias a Dios, y donde finalmente pude volver a ver a mi familia.

Me levanté temprano al día siguiente y postergando arreglar la pila de cosas que traje y que estaban desparramadas en el piso, mejor decidí disfrutar del privilegio de tener una televisión en mi cuarto. Me di cuenta que el cable ahora tiene más canales hondureños que internacionales, lo que probablemente me inspire a leer más, pero en lo que respecta a la televisión conmigo nunca se sabe. Desayuné frutas tropicales que con seguridad costaron menos de un euro cada una. Me fui a hacer mandados, conduciendo por primera vez en casi dos años pero ahora en un carro automático, algo nuevo para mí. Estuve viendo los cambios en la ciudad y me emocioné por finalmente ser capaz de reconocer el acento de los hondureños, algo que nunca antes había podido identificar.

Me siento extraña en este lugar que me parece tan familiar y tan novedoso al mismo tiempo. Todo es muy diferente, agitado, ruidoso, caliente y eso es bueno. Espero que después de haber visitado tantas ciudades haya aprendido a apreciar cada lugar por lo que tiene de único y que haberme ido me haya dado algo de distancia para ver con otros ojos mi país. Me encuentro de nuevo en esa angustiosa situación post-graduación, donde tengo que buscar trabajo y el futuro se ve incierto, pero más allá de encontrar algo que hacer que ojalá me guste, quiero aprovechar para meterme a cursos y aprender nuevas cosas, lo que en cierta forma me da algo de paz mental. Llamé a mis amigos para que nos encontráramos y estoy muy emocionada por verlos. Ahora me doy cuenta que fui muy perezosa y que debí haberme esforzado más por verlos más seguido, por no perder el contacto con ellos después de que me gradué. No quiero cometer ese error otra vez. Y bueno, esta es la perfecta oportunidad para mostrar la vida hondureña a todos aquellos que alguna vez se han preguntado cómo es vivir en un país donde el verano nunca se acaba.


They say you can’t go home again and yet here I am. The trip was sad, long and very charged. In the end I could manage to travel with just two suitcases, one more than the allowed by the airline, which is why I filled it to the maximum overweight allowed. In revenge, as soon as the suitcase was sent down the ramp towards the plane, the zippers got loose, spreading out all of my stuff. Luckily I was notified, I could sort of put everything in order and I sealed the suitcase with the plastic stripes you can find in the airports. The Madrid airport seemed to be as huge and confusing as always and it confirmed that I have the tendency to get lost more wherever Spanish is spoken than otherwise. In the transatlantic flight I sat next to a German guy who was going to Guatemala for a month to conduct interviews for his PhD. I’m very bad to engage in small talk in situations like these but this time I felt relieved to be able to get distracted from the bad movies, the awful food and from not being able to sleep. In Guatemala we waited for a long time while the plane was cleaned and the control tower allowed us to take flight. In El Salvador I only had time to run towards my gate, dressed in a thick sweater and one of the two coats that I saved from the massacre previous to my leaving. Not only did I look like a crazy person but I was choking to death. I arrived to Tegucigalpa where the rain greeted me, thank God, and where I finally could see my family.

I woke up early the next day and procrastinating the arrangement of the pile of stuff I brought, which was scattered on the floor, I decided to enjoy the privilege of having a TV in my room. I noticed that the cable now has more Honduran channels than international ones, which will probably inspire me to read more, but when it comes to me and TV you never know. I had tropical fruit for breakfast which I’m sure cost less than a euro a piece. I had some things to do in the city and I drove for the first time in almost two years but for the first time in an automatic car, something new to me. I watched how the city has changed and I got really excited finally being able to recognize the Honduran accent, something I could never do before.

I feel strange in this place that feels so familiar and new at the same time. Everything is different, hectic, noisy and hot and that’s good. I hope that after having visited so many cities I learned to appreciate each place for its uniqueness and that having left has given me some distance to perceive my country in a different way. I find myself in this scary post-graduation situation where I have to look for a job and the future seems uncertain, but beyond finding something to do that I’ll hopefully enjoy I want to learn new things and take some courses, which in some ways gives me some sort of peace of mind. I called my friends so that we will meet and I’m very excited to see them again. I realize now that I was very lazy before and that I should’ve made more efforts to see them frequently, to not lose contact with them after I graduated. I don’t want to make that same mistake again. And well, this is the perfect opportunity to show the Honduran life to those who were wondering how it is to live in a country where the summer never ends.

05 August 2012

Don’t let it bring you down

Mi prolongada ausencia de este espacio se explica por dos razones. En primer lugar, he estado viajando mucho por lo que no he tenido tiempo y también he estado lamentando el duelo de mi oportunidad de hacer un doctorado en Bordeaux. A finales de junio hice la defensa de mi monografía que fue satisfactoria. Se me reprochó haber escrito como una arquitecta y no tanto como una historiadora del arte, cayendo en la tentación de opinar sutilmente sobre los proyectos que estudié. Por otro lado, todas esas horas en los archivos valieron la pena porque fue un trabajo reconocido. Esa misma mañana, antes de la defensa, recibí una llamada avisándome que esa tarde sería la audición para el contrato doctoral, dos horas después de mi primera reunión, lo que significaba que ese día se decidiría todo el resultado de todo el trabajo que había estado realizando los últimos seis meses. Yo sabía que tenía que hacer esa audición, pero me imaginé que tendrían la cortesía de avisarme con más anticipación. Después de todo, esa audición determinaría si podría continuar con la tesis que había estado preparando desde hace varias semanas. Tenía todo, el director de investigación, un profesor súper simpático especialista en Le Corbusier y el proyecto, un estudio sobre la arquitectura contemporánea en la candidatura de Bordeaux para el patrimonio mundial de la Unesco.

Este segundo semestre había sido súper cargado. Los primeros meses estuve con la monografía y la práctica y luego con la monografía y con el proyecto de tesis. Pero pensé que todo ese trabajo pagaría al final. Para la audición éramos tres personas y yo fui la última. Sobreviví y finalmente estaba de vacaciones. Me fui a Nîmes a ver a Björk y recibí a mi mamá que venía por primera vez a Europa. Para enterarme de los resultados de la audición escribí a uno de los profesores con los que hice la audición. Quedé clasificada en segundo lugar pero el equipo de investigación sólo había recibido financiamiento para una sola persona. Con mi madre viajamos a París, a Nîmes de nuevo, a Lourdes y a Roma. Y yo pensando en que no podría hacer mi tesis. Vaya manera de arruinarme mis vacaciones.

Voy a ser honesta y decir que la perspectiva de regresar a Honduras me entristece, volver al desorden y a las malas noticias ininterrumpidas, pero sobre todo es el hecho de sentir que todo mi esfuerzo fue en vano, que la oportunidad de hacer mi doctorado se me escapó como arena de las manos. Por un tiempo consideré la posibilidad de trabajar y hacer la tesis a tiempo parcial, pero ya había probado eso con la práctica y con la monografía. Es un sacrificio inmenso y me enteré que la universidad te permite hacer únicamente tres años de doctorado. Si se quiere prolongar ese tiempo hay que obtener una derogación del consejo universitario que puede perfectamente negarla y botar a la basura todo el trabajo hecho. Y Bordeaux no es la única universidad donde se puede hacer una tesis, valdría la pena buscar en otro lado. Pero repito, ya tenía mi director, ya tenía mi proyecto. Ya tenía planes para el otro año, vivir en el centro y no más en residencia universitaria, viajar a Istanbul y a Grecia en vacaciones, tenía miles de libros en lista de espera. Todo eso se esfumó en un segundo y ahora tengo que vender todo, dejar este apartamento y encontrar una manera de llevar casi 30 kg de libros de los que no me quiero deshacer bajo ninguna circunstancia. Boté casi toda mi ropa y las cosas inútiles que no sobrevivirían una mudanza.

Mi único consuelo es que habré viajado casi hasta el último momento de mi estadía aquí. Desde hace meses teníamos viajes planeados en Alemania y en Inglaterra y tendré apenas el tiempo justo para limpiar y vaciar el cuarto antes de irme. Tal vez sea como dice Neil Young, “it’s only castles burning”, todos esos escenarios y proyecciones que había hecho en mi cabeza, que ahora hay que dejar ir y pasar a otra cosa. Tal vez esta decepción solo sea una gran piedra que esconde mejores oportunidades en otras partes. Sólo espero no tardarme otros doce años antes de volver a Europa.


My prolonged absence from this space can be explained with two reasons. First of all, I’ve been traveling a lot so I haven’t had much time available and also, I’ve been mourning the death of the opportunity to do a PhD in Bordeaux. In the end of July I defended my thesis in a satisfying way. It was reproached to me that I wrote as an architect and not as an art historian, succumbing to the temptation to give my opinion in a subtle way about the projects I studied. On the other hand, all of those hours in the archives paid off since that work was acknowledged. That same morning, before the defense, I got a phone call letting me know that that afternoon I had the audition for the PhD contract, two hours after my first meeting, which meant that that day would be decided the outcome for all the work I’ve been doing the last six months. I knew I had that audition, but I imagined that they would have the courtesy to giving a heads up with more time. After all, that audition would determine if I could continue with the thesis I’ve been preparing for some weeks now. I had everything, my research director, a super nice professor who’s a specialist in Le Corbusier and the project, a study about contemporary architecture in Bordeaux in the application for the Unesco’s World Heritage.

This second semester had been very hectic. The first months I had the master thesis and the internship and later the internship and the PhD project. But I thought all the hard work would pay up in the end. For the audition we were three people and I was the last one. I survived and I was finally on vacation. I went to Nîmes to see Björk and I welcomed my mother who came to Europe for the first time. To find out about the results of the audition I wrote to one of the professors who was in the audition. I was ranked second but the research team only received funding for one person. With my mother we traveled to Paris, Nîmes again, Lourdes and Rome. And I kept thing about not being able to do my thesis. What a way to ruin my vacations.

I’m going to be honest and say that the perspective of going back to Honduras saddens me; going back to the mess and the uninterrupted bad news, but above all is the feeling that all the effort was in vain, that the opportunity to do a PhD just slipped out like sand from my hands. For some time I considered the possibility of working and doing the thesis part-time, but I had tried that already with the internship and the master thesis. It’s a huge sacrifice and I found out that the university only allows three years for a PhD. If you want to extend that time you need an approval from the university council which can perfectly refuse and throw to waste all the work previously done. Besides, Bordeaux is not the only university where you can make a thesis, it’s worth to look somewhere else. But I repeat, I had my director, I had my project. I had plans for next year, to live downtown and not in a students’ residence, to travel to Istanbul and Greece on vacation, I had a thousand books on waiting list. It all went to smoke in one second and now I have to sell everything, leave this place and find a way to send almost 30 kg of books which I don’t want to leave under any circumstance. I threw away most of my clothes and all of the things that wouldn’t survive moving.

My only consolation is that I will have traveled as much as possible up until the last minute of my stay here. Since a lot of time I had plans to go to Germany and England and I will barely have the time to empty and clean the room before I leave. Maybe it’s like Neil Young says, “it’s only castles burning”, all of those scenarios and projections I’ve made in my head that I now have to let go and move on. Maybe this disappointment is just a huge rock hiding better opportunities somewhere else. I just hope I don’t have to wait another thirteen years before coming back to Europe.