Wednesday, October 29, 2014

El antídoto de un doctorado es llevar clases.

Me metí a clases de alemán porque me estoy preparando para cuando me toque vivir en otro país germánico (siempre se puede soñar). Mi universidad no ofrece clases para principiantes porque se supone que los alumnos en Suiza aprenden alemán en el colegio, y no se les ocurre que van a haber estudiantes que vengan de otros países interesados en aprender idiomas. Tuve que buscar clases privadas y, como es de esperarse en este país, son extremadamente caras. Sin embargo, pude matricularme en una gracias a un cheque de formación que da la ciudad de Ginebra a toda persona que paga impuestos y que tiene más de un año de vivir aquí. En teoría yo no pago impuestos porque soy becaria, pero eso no evitó que me llegara una carta exigiendo que pagara el impuesto por vivir en Ginebra, que es de 25 francos al año. Lo pagué, y ese fue el comprobante que usé para pedir mi cheque, que cubre un curso de hasta 750 francos. Uno puede escoger entre varios cursos que van desde los idiomas, hasta los de formaciones técnicas y profesionales. Tomé el camino del menor esfuerzo: encontré un centro de formación continua a dos estaciones de tranvía de mi universidad, me matriculé a un curso nocturno para no interrumpir mi trabajo y además los lunes, para poder disponer libremente de mi semana en caso de actividades relativas a mi tesis.

Esa clase ha sido de las mejores decisiones que he tomado en mucho tiempo. Para empezar, me encanta el idioma. El alemán es una lengua extraña, con muy poca relación al francés, inglés o español (por lo menos es la impresión que tengo por ahora, estoy segura que en realidad sí han de haber similitudes) así que siento que sí estoy aprendiendo algo nuevo. No sólo estoy adaptando lo que ya sé, que fue lo que me pasó con el italiano.

Por ahora sólo puedo presentarme, contar hasta veinte y decir de dónde vengo y adónde vivo, pero qué alegría me dan esas cosas tan sencillas. Eso y el hecho que la clase es todo lo contrario del doctorado.

La clase tiene una estructura, con hay un horario que respetar. Nada de esa libertad de hacer lo que sea a cualquier hora que termina convirtiéndose en sentimiento de culpabilidad, porque cualquier momento que se dedique a otra cosa que no sea trabajar es técnicamente tiempo perdido.

Tengo compañeros, de todas las edades, nacionalidades y profesiones. Pero lo que me encanta es que son gente con la que interactúo, trabajamos juntos, estamos en el mismo barco empezando desde el mismo nivel. No como en mi oficina donde veo gente, cuando se dignan en aparecer porque nadie está obligado a ir. Algunos ni siquiera saludan, pero al final decir buenos días y adiós puede ser la conversación del día, porque cada quien trabaja por su lado.

Mi profesora de alemán es excelente, simpática, dinámica y capaz de hacernos olvidar que es lunes por la noche y que es hora de cenar.

Y mi clase tiene un contenido: sé lo que tengo que leer, estudiar y aprender si es que quiero avanzar. No tengo que adivinar, especular y leer todo lo que se me ponga enfrente, esperando que se relacione de alguna forma con mi tema; básicamente lo que paso haciendo todo el día, todos los días.

Es realmente una dicha llevar clases cuando me toca aprender en solitario el resto del tiempo. Y prolongo esa alegría escuchando podcasts, estudiando mis lecciones y prestando atención a todo lo que está en alemán a mi alrededor.

Hubiera empezado a tomar clases desde el año pasado, tal vez hubiera conservado un poco más de cordura.

I enrolled in a German course because I’m getting ready to live in another German-speaking country (one can always dream). My university doesn’t offer classes for beginners because students in Switzerland are supposed to learn German in high-school, and they don’t think that there will students from other countries interested in learning languages. I had to look for private classes and, as you can expect in this country, they are quite expensive. However, I could sign up to one thanks to a check for training that the city of Geneva gives to anyone who pays taxes and has more than one year living here. In theory I don’t pay taxes since I’m a scholarship holder, but that didn’t stop me from getting a letter demanding that I pay the tax for living in Geneva, which is 25 francs a year. I paid it, and that was the voucher I used to ask for my check, which covers a class for up to 750 francs. You can choose between many courses, from languages, to professional or technical trainings. I took the path of least resistance: I found a continuing education center two tram stops away from my university, I signed up for a night class so it wouldn’t take time away from my work and my classes are on Monday, so I can have the rest of my week free, in case of anything related to my thesis.

This class has been one of the best decisions I’ve taken in a long time. For starters, I love the language. German is really strange, with little similarities to French, English or Spanish (at least that’s how it seems to me right now, I’m sure in reality there must be some resemblances) so I feel I’m actually learning something new. I’m not just modifying what I already know, which is what happened to me with Italian.

For now I can only introduce myself, count up to twenty and say where I come from and where I live, but what a joy those simple things bring to me. That and the fact that the class is the exact opposite of a Ph.D.

The class has a structure, with a schedule you have to abide to. There’s nothing of that freedom to do whatever you want whenever you want, which ends up becoming a guilty feeling, because any minute you devote to something else besides work is technically wasted time.

I have classmates, of all ages, nationalities and professions. But what I love about it is that I get to interact with them, we work together, we are on the same ship, starting at the same level. Not like in my office where I see people, whenever they deign to show up because nobody is actually required to go. Some of them don’t even say hello, and in the end hello and goodbye can be the conversation of the day, because everyone works alone.

My German teacher is excellent, very nice and energetic, capable of making us forget it’s Monday evening and time to have dinner.

And my class has a content: I know what I have to read, study and learn if I want to move forward. I don’t have to guess, speculate and read anything I come across to, hoping it somehow relates to my subject; basically what I do the whole day, every day.

It’s really a joy to take a class when I have to learn by myself the rest of the time. And I hold on to that happiness by listening to podcasts, studying my lessons and paying attention to everything that is in German around me.

Monday, September 15, 2014

Bordeaux, yet again

Bordeaux

Tenía una razón legítima para ir a Bordeaux: ir a consultar unos archivos. Pero no podía desaprovechar la oportunidad para pasar unos días en un derroche de nostalgia y de reconstituciones del pasado. Además que era la Bienal local de arquitectura esa semana y sería el colmo que tomando en cuenta mi tesis y mi constante chachareo sobre la importancia de comunicar la arquitectura, me perdiera ese evento.

I had a legitimate reason to go to Bordeaux: to consult some archives. But I couldn’t pass on the opportunity to spend a few days in an outpouring of nostalgia and reenactments of the past. Besides it was the local Biennale of architecture that week and it would be stupid for me not to go, considering my relentless nagging about the importance of communicating architecture.

Sunday, September 07, 2014

We live on a mountain, right at the top

Le Salève

Sobreviví a mi primer año de tesis. Esta semana tuve la defensa del predoctorado, la famosa monografía de primer año, frente a mi directora y a otro profesor de la facultad. Los días antes apenas pude dormir y me dio un extraño resfriado acompañado de tos – que tengo todavía-, en esta que es la única semana completamente soleada que hemos tenido este verano. Pero el miércoles en la tarde se acabó todo, temporalmente por lo menos. Los días siguientes los dediqué a pasear con la ciudad con una amiga que vino a visitarme y este martes viajo a Bordeaux, a ver la Bienal de arquitectura (por supuesto que Bordeaux tiene una bienal de arquitectura!!) y a consultar unos archivos. Una forma de tomar distancia y de alistarme para la próxima etapa, de la cual estaba tan confiada hasta que tuve la defensa. Pero no me quiero angustiar de puro gusto antes de tiempo.

Tengo un millón de posts atrasados. Entre ellos estas fotos del Salève, la montaña que veo desde mi ventana en mi apartamento. 

I survived my first year of Ph.D. This week I had the predoctorate defense, the famous first year thesis, in front of my advisor and another professor from the faculty. The days before I couldn’t sleep and I got a strange cold mixed with cough – which I still have-, in the only sunny week we have had during this summer. But on Wednesday afternoon I was done with everything, temporarily at least. The next days I spent them walking around town with a friend who came to visit and this Tuesday I travel to Bordeaux, to see the architecture Biennale (of course Bordeaux has an architecture Biennale!!) and to consult some archives. It’s a way to create some distance and to get ready for the next step, which I was so confident about, until the defense. But I don’t want to get upset for nothing beforehand.

I have a thousand posts to catch up on. Among them, these pictures from the Salève, the mountain I see from the window in my apartment.

Tuesday, August 05, 2014

Hombres abstenerse! Este post no es para ustedes!

Esto es lo que ha estado ocupando una gran parte de mi cabeza últimamente. Hace unos meses una amiga me mostró un programa de televisión francés llamado “Las reinas del shopping”. La presentadora es una asesora de imagen de origen brasileño llamada Cristina Cordula, una señora súper guapísima, antigua modelo. El concepto es que reúnen a cinco mujeres de varias edades, jóvenes, de edad media y mayores también, a una competencia para irse de compras. Una participante por día (el programa es de lunes a viernes y dura más de una hora) tiene tres horas para comprarse un atuendo completo, incluyendo zapatos y accesorios y para que la peinen y la maquillen. El atuendo debe corresponder al tema de la semana que Cristina ha escogido. Los temas son del tipo “Femenina con tennis”, “Combinar motivos diferentes”, “Elegante con textiles animales”, “Picnic en el jardín del castillo de Versalles”, etc. Tienen además un presupuesto limitado, de 350 a 500 euros más o menos, dependiendo del tema. Cada participante muestra lo que tiene su armario al inicio del día que le toca, para que la gente más o menos capte el estilo que tiene. Durante las tres horas de su sesión de compras las otras competidoras la ven desde el estudio, así como Cristina que está aparte en su oficina. Las competidoras son libres de dar su opinión sobre la ropa que está probándose la participante del día y pueden llegar a ser particularmente malvadas. Pero lo peor es que al final del día la participante desfila en una pasarela frente a sus competidoras que luego le dan su opinión – que muchas veces no corresponde a lo que dijeron durante los ensayos – y le dan una calificación. Cristina da también una nota, se hace un promedio con la de las participantes y al final de la semana la reina del shopping es la que obtuvo el mayor puntaje.

Cuando vi el programa por primera vez me pareció divertido, pero no lo volví a ver, hasta hace unas semanas. No sé qué mosco me picó y me puse a verlo casi todos los días. Hasta programaba mi trabajo en función del programa. Es muy divertido ver cómo cada participante tiene una forma de vestirse, peinarse y maquillarse y cuando les toca escoger cosas no importa qué tan alocado sea el concepto, rara vez se salen de lo que están acostumbradas a llevar. Pero lo mejor es que Cristina da consejos sobre cómo podrían escoger ropa más favorecedora y cómo tener una mejor rutina de belleza. Y viendo a la señora, hay que creerle.

Resulta que Cristina ha escrito varios libros sobre su trabajo como asesora de imagen. Pues me dio la curiosidad de ir a buscarlos y para mi gran sorpresa estaban en las bibliotecas de la ciudad de Ginebra. Hasta fue una oportunidad de descubrirlas, porque sólo me muevo en el circuito de las bibliotecas universitarias. Encontré los libros “La guía del relooking” y “Todas las mujeres son bellas”. El primero es una guía sobre cómo vestirse según su tipo de morfología, más algunos consejos de maquillaje y para escoger zapatos y anteojos. El segundo libro es sobre la transformación de mujeres que pidieron consejo a Cristina, con fotos de cómo se miraban antes, del proceso de transformación y del después. Había muchas señoras que buscaban trabajo, que se acababan de divorciar, que no se sentían bien con su cuerpo. Pero lo que me impactó fue ver a muchachas de mi edad que se vestían de forma totalmente banal y que al final parecían una persona totalmente distinta, en un buen sentido. Cristina explica que la idea no es cambiar a las personas, sino sacar lo mejor de cada una, explicándoles cuáles son sus puntos fuertes y cómo disimular las cosas que no les gustan.

Me puse a pensar en cómo me he vestido toda mi vida. Como toda mujer con media neurona que se respeta, me dije que no quería que me juzgaran por mi imagen, quería estar cómoda y no me quería complicar la vida. Por años los únicos zapatos que usaban eran tennis, siempre usaba jeans y lo único que me he maquillado son los ojos, porque tengo unas ojeras que los mapaches envidiarían. Siempre he tenido horror de esas mujeres que tienen un color de piel diferente en la cara con respecto al del cuello por todo el maquillaje que usan y la industria cosmética me parecía una gran estafa para hacernos gastar en estupideces. Con el tiempo me he dado cuenta que si usaba siempre pantalones es porque en Honduras siempre te están acosando en la calle con silbidos y piropos inapropiados. Pero ese es otro tema.

No voy a decir que he adquirido un gran sentido del estilo con los años, pero ahora me compro faldas y en los últimos descuentos di el gran salto de comprar pantalones de tela para uso diario. Una vez leí que hay que usar zapatos diferentes todos los días y ahora sólo tengo tennis para hacer deporte (aunque me muero por un par de New Balance y la mayoría de mis zapatos son hermosos pero dolorosos). Según el libro de Cristina tengo una morfología tipo “V”, con los hombros más anchos que las caderas. Al parecer es una morfología atlética, lo que en mi caso es una ironía digna de tirarse al piso de una carcajada. El chiste es que tengo que evitar las chaquetas con hombreras cuadradas, no mostrar mis brazos musculosos (inserte carcajada número dos aquí) y acentuar mis caderas. También tengo que evitar las camisas rayadas y puedo ponerme escotes pronunciados, la única ventaja de tener un busto pequeño. Pero me encantan las chaquetas y me fascinan los tejidos rayados, Cristina va a tener que perdonarme esos deslices.

Estando en la biblioteca municipal encontré otros libros sobre cómo maquillarse y peinarse. En el caso del maquillaje, hacen alarde de la rutina de la base, el polvo, blush, mascara, sombras y lipstick. Para ser honesta, hasta principios de este año empecé a usar mascara todos los días. La idea de usar tanto producto me parece horrible y mi cara es súper grasosa, siempre tengo un granito o una marca por no haber tenido paciencia de dejar en paz un granito. Me acordé que en Italia descubrí el programa de una maquilladora profesional absolutamente brillante llamada Clio. Encontré que tiene un blog y un canal en YouTube. En su canal muestra tutoriales de cómo maquillarse. Usa miles de productos diferentes, de cosas súper básicas que se encuentran en el supermercado, a maquillaje de marca. Pero siempre los resultados son espectaculares, me fascina. Pasé toda una tarde viendo tutorial tras tutorial, sólo por el placer de escucharla hablar italiano y ver el proceso de transformación.

Me dieron ganas de intentarlo. Fui a una tienda de productos de belleza a escoger maquillaje. La vendedora no era muy simpática y tenía una plasta de maquillaje en la cara, entonces no era buena referencia. Además me quería vender cincuenta mil cosas y lo que más me indignó es que los pinceles que ofrece la tienda son más caros que los productos. Pero salí con mi primera base, mi primer blush y un corrector, algo que no compraba hace tal vez diez años. Hoy traté de maquillarme, prestando atención a las diferencias de color entre mi cara y mi cuello. Sí hubo una diferencia, pero sobre todo con el blush y con el corrector. Las ojeras allí están, siempre van a estar allí, pero por lo menos ya no se ven oscuras. He gastado mucho dinero en cremas, gels (hasta tengo uno en la refri según los consejos de una vendedora), tomo agua, trato de dormir y siempre están allí. Pero al final me he resignado, después de todo si Leandra Medine las tiene, son símbolo de estatus. De hecho, Medine tiene mucho qué decir sobre porqué no usa maquillaje. La moraleja de esta historia es que tengo 29 años y me estoy permitiendo experimentar con mi apariencia. Para divertirme y para verme mejor, no puede ser un gran pecado. Qué vida la de una mujer, definitivamente.

Para que vean la maravilla que es Clio:



This is what has been on my mind lately. A few months ago a friend of mine showed me this French TV show called “The shopping queens”. The host is a style coach from Brasil called Cristina Cordula, a gorgeous middle-aged woman and a former model. The concept is that they have five different-age women, young, middle-aged and old as well, in a contest to go shopping. One participant per day (the show is from Monday to Friday and lasts more than an hour) has three hours to buy a whole outfit, including shoes and accessories and she has to get her hair and make-up done. The outfit has to match the theme of the week, selected by Cristina. Some examples of the themes are “Feminine with tennis shoes”, “Mixed prints”, “Elegant with animal prints”, “Picnic in the garden of Versailles”. Also they have a limited budget, ranging from 350 to 500 euros more or less, according on the theme. Each contestant shows what she has on her closet at the beginning of her day, so that other people get the feeling of the style she has. During the three-hour shopping session the other contestants watch her from the studio, as well as Cristina who’s in her office. The contestants are free to give their opinions on the clothes that the participant of the day is trying out. They can be particularly evil. But the worst part is that at the end of the day the participant has to walk on a runway in front of her peers and then they tell her what they think – which sometimes has nothing to do with what they said during the rehearsals – and they grade her. Cristina grades her as well, both scores are added up and the one with the highest one is the shopping queen. When I saw the show for the first time I found it funny but I didn’t watch it again, up until a few weeks ago. I don’t know what got into me, but I started watching it almost every day. I even organized my work schedule around it. It’s very funny to see how each contestant has a particular way of dressing up, wearing a certain make-up and hairstyle and when they have to choose things, no matter how crazy the theme is, they rarely step out of what they are used to wear. But the best part is that Cristina gives advice on how they could choose more flattering clothes and how to have a better beauty routine. And when you see what that lady looks like, you believe her. 

Turns out that Cristina has written many books regarding her work as a style coach. I was curious to read them and surprisingly I found them at some of Geneva’s public libraries. That gave me a chance to discover them, because the only ones I’m used to going are the university libraries. I found the books “The relooking guide” and “All women are beautiful”. The first one is a guide on how to dress according to your body-type, plus some tips on make-up, shoes and glasses. The second book is about the transformations of women who came to Cristina for advice and it includes pictures of how they looked before, the whole process and the results. There were a lot of women who were looking for a job, who just got divorced, who didn’t feel good about their bodies. But what shocked me was the girls my age who dressed in a very boring manner and in the end they looked like completely different people, in a good way. Cristina explains that the idea is not to change people, but to bring out the best of each of them, explaining to them what their attributes are and how to conceal the things they don’t like. 

I got to thinking on the way I’ve been dressing my whole life. Like any woman with half a neuron who respects herself, I told myself I didn’t want to be judged by my looks, I wanted to be comfortable and I didn’t want to make my life complicated. For years the only shoes I wore were tennis shoes, I always wore jeans and the only make-up I’ve worn was for my eyes, because I have under-eye bags that raccoons would envy. I always been horrified by women whose face skin tone is different from the neck because of all the make-up they wear, and the cosmetics industry looked to me like a big farce designed to make us spend in crap we don’t need. With time I have realized that I’ve always worn pants because in Honduras you are always getting harassed with whistles and inappropriate comments. But that’s another story. 

I cannot say I’ve acquired a sense of style with time, but now I buy skirts and during the last sale season I took the plunge and bought trousers for everyday use. I once read that you should wear different shoes each day and now my tennis are for sports only (though I’m dying to get a pair of New Balance and most of my shoes are pretty but pretty painful as well). According to Cristina’s book my body type is “V”, with widest shoulders in relation to my hips. Apparently this is a sporty body type, which is very ironic in my case. I have to avoid jackets with square shoulders, I shouldn’t show my toned arms (insert laugh number two here) and I should accentuate my hips. I also have to stay away from striped shirts and can wear plunging cleavage shirts, the only advantage of having a small bosom. But I love jackets and I adore striped clothes so Cristina will have to forgive me for these faults. 

While in the public library I found two other books on how to wear make-up and how to get your hair done. In the case of make-up they explain you should wear foundation, powder, blush, mascara, eye shadow and lipstick. To be honest, it was not until the beginning of this year that I started wearing mascara every day. The thought of wearing so many products seems awful to me and my face is super oily, I always have a zit or a spot for not waiting for the zit to go away. I remembered that while in Italy I discovered the TV show of a very cool make-up artist called Clio. I found out she has a blog and a You Tube channel. In her videos she teaches tutorials on how to put on make-up. She wears a million different products, from super basic stuff you find in the supermarket to very expensive brand products. But the results are always amazing, I love her. I spent an entire Sunday afternoon watching tutorial after tutorial, just for the pleasure of hearing her speak Italian and to see the transformation process. I wanted to give it a try. 

I went to a beauty shop to buy some make-up. The saleswoman was not very nice and she had too much make-up on, so she wasn’t a very good reference. Besides, she wanted to sell me a million things and I found it ridiculous that the brushes were more expensive than the products. But I left with my first foundation ever, my first blush and a concealer, something I haven’t bought in over ten years. I tried applying make-up today, watching out not to have different skin tones between my face and neck. There was a difference, but mostly with the blush and the concealer. The under eye bags are there, they will always be there, but at least they don’t look dark anymore. I have spent a lot of money on creams, gels (I even have one on the fridge following the advice of a saleswoman), I drink water, I try to sleep but the bags remain there. I the end I have gotten used to them, after all, if Leandra Medine has them, they’re a status symbol. The moral of this story is that I’m 29 years old and I’m allowing myself to experiment with my looks. To have fun and to look better, it can’t be that much of a sin. What a life, the one of a woman, definitely.
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